De mi caballo aprendí…

Ayer fue un día triste, oscuro, horrible.

Como todos los días, salí por la puerta de casa a las 8.30 para dar de comer (lo primero, siempre) a los caballos de casa, no escuché a Quick su relincho de “buenos días” como de costumbre pero pensé que se había quedado dormido (a sus 23 años recién hechos ya la edad empieza a pesar…) así que no le dí importancia hasta que dí de comer a los otros tres de las cuadras y ví que mi bombón no sacaba la cabeza para protestar….

Me asomé por encima de la puerta(su cuadra tiene una de esas puertas que están partidas por la mitad y puedes dejar la parte de arriba abierta para que se asomen y alcagüeteen) y ví que estaba tumbado entre el comedero y el bebedero “¿Quick?” y cuando se giró… le vi toda su cara llena de heridas y mientras abría corriendo la puerta de la cuadra de mi boca sólo pudo salir un “Oh Dios! no no no no no”. A partir de ahí comenzó un calvario. Carmelo me dijo algo, no sé el qué porque en el mismo momento que nos miramos mi caballo y yo un pitido inundó mi cabeza y fue como si no escuchase ni viese otra cosa que no fuera Quick.

Los siguientes minutos recuerdo que lloré, lloré de incertidumbre, de no saber qué estaba pasando, ni cómo podía ayudar a mi caballo que luchaba con las pocas fuerzas que le quedaban por levantarse. Lo intenté primero con mi propia fuerza, mientras me decia a mi misma que sería capaz de levantar a mi amigo de 400kg, fuera como fuese, lo iba a ayudar a levantarse, se levantaría y podría sacarlo al campo, eso siempre le sentaba bien. Sólo conseguí que se volviese a caer, con todo su peso en el suelo. Lloré como nunca, ahí estábamos los dos, luchando juntos contra algo que parecía inevitable, algo que con cada minuto que pasaba me negaba a aceptar que fuera a suceder. “Si está en mis manos, de esta le saco. Como sea” y en ese momento se me ocurrió sacar a Furia de su cuadra y ver qué pasaba, otras veces el tenerla cerca daba a Quick una especia de fuerza sobrehumana y se levantaba (el estar entero y querer cubrir a las yeguas es lo que tiene).Nada. Un relincho. Sólo un relincho. Cuando ví eso, mi cuerpo aún temblaba más.

Le volví a poner su cabezada roja, llevaba un borreguito a los lados que pensé que si se daba un golpe en la cara, ese borreguito gris le amortiguaría y no se volvería a hacer heridas. Dios mío, llevaba toda la cara llena de heridas de llevar un buen rato intentando levantarse y consiguiendo sólo levantar el cuello lo suficiente como para hacerse raspones contra el comedero (sí. maldije hasta ese comedero, por estar en alto) intenté también quitar el comedero, para que mi caballo no se hiciera daño, pero estaba soldado y bien soldado a la pared.

Lo intenté. Estábamos los dos agotados por el esfuerzo y empapados en sudor. “Antes sudábamos los dos así, pero era de hacer ejercicio”, se pasó por mi cabeza. Cogí un tenedor con el que le echaba la paja siempre y quité una buena capa del suelo porque me parecía que le impedía mover las patas para poder hacer fuerza y levantarse. No funcionó. Mientras pasaba todo esto, Quick seguía luchando por su vida, no quería morir. Lo sé. Cuando descansábamos, sólo le decía “bien bombón, lo estás haciendo genial, descansamos un ratito y luego lo volvemos a intentar de otra forma”, cómo sangraba.Cogí lo único que podía levantar sin problemas, que era su cabeza y la apoyaba con cuidado en mi regazo, lloraba. Lloraba yo y lloraba él (Sí. Los caballos también lloran si no de qué se le iba a humedecer el ojo como nos pasa a nosotros cuando lloramos).Creo que ninguno de los dos queríamos aceptar la realidad.

Mis vaqueros se llenaron de sangre de sus heridas, no chorreaba, pero sí manchaba lo suficiente como para asustarme un poco más por la situación que estábamos pasando.

Mientras estábamos tumbados, yo le daba caricias por la tez, ( le encantaba que le hiciera eso,desde siempre), y le acariciaba su cuello mientras cogía un mechón de mi pelo y lo anudé a otro mechón del suyo, “descansa Quick, no te esfuerces más” y justó terminé esta frase y se intentó levantar otra vez, con la mala suerte de que  se golpeó contra la pared y se dobló el cuello , ví su gesto de dolor, puso los ojos en blanco y en el mismo instante lo coloqué como pude para que estubiese recto, tumbado por completo sin estar apoyado en la pared. Lloré, a mis 30 años lloré como no recuerdo haber llorado nunca. “¡No lo intentes más!” le grité mientras lloraba. Qué impotencia, ver cómo lo que más quieres, lucha por seguir y no poder hacer nada más que llorar y sacar de dentro las pocas fuerzas que quedan. Me tumbé pegada a él, mientras llorábamos. Él no hablaba mi idioma, pero no hacía falta. Tantos años juntos y nunca hizo falta, porque nos entendíamos todo. Puse música en el móvil, me acordé de que el día anterior (antes de ayer) me había descargado las canciones de El Sueño de Morfeo que escuchábamos cuando hacíamos doma. No sé si las reconoció, pero le relajó mucho. Sollozando le cantaba la canción que siempre le cantaba mientras galopábamos por la pista o por el campo. “Dios mío, me lo están arrancando de mi lado”. Cuando dejaron de sonar, no quise poner más, estaba hundida,rendida, agotada de llorar. Veía cómo lo que más quería en este mundo, el que había sido mi gran amigo durante media vida mía, se marchaba. Y lo peor, se marchaba sufriendo. Escuché cómo rebuznó con un grito tan estremecedor que sólo me salió quedarme en una esquina de la cuadra llorando mientras veía cómo sufría mi mejor amigo y yo no podía hacer nada.

Os parecerá que todo esto pasó en un montón de horas, pero por lo visto no, fue todo desde las 8 hasta las 12, pero a mí se me hizo eterno.

Llamé a Carmelo para decirle que mi caballo se moría , supongo que lo hice buscando ayuda o consuelo o las dos cosas, no lo sé; pero él me contestó que necesitaba que fuera a abrir la tienda, que él estaba en el nuevo local con todos los gremios metidos haciendo cosas. Y fui lo más rápido que pude, no sin antes entrar en la cuadra de Quick, con un miedo horrible de ser más consciente de lo que estaba pasando.

Cuando entré lo ví, tumbado en el suelo, con la mirada puesta en el campo donde lo solía soltar cuando hacía buen día para que se hartara de alfalfa y pudiese disfrutar del sol.

“Me tengo que ir bombón, tengo que ir a trabajar, tengo que abrir la tienda…” No. Volví a romper a llorar, me volví a abrazar a él. Me levanté y me senté al lado de su cabecita “qué verde está el campo ¿verdad?” le dije ” desde aquí no se aprecia, pero el alfalfa está alto, como te gusta a tí, ojalá hubiese podido llevarte ahí, para que murieses en un sitio mejor y no así aquí. El sol brilla, hace un buen día, no hace calor ni frío.Parece mentira que esté haciendo un día así justo hoy”. Volví a llorar, creo que no paré de hacerlo en toda la mañana. “Has sido el mejor caballo del mundo Quick, te voy a echar mucho de menos. Te quiero tanto, te quiero. Gracias por todo, mi vida. Ahora me tengo que ir a trabajar, seguramente cuando vuelva ya no estarás, te habrás marchado pero quiero que sepas que te quiero y que siempre te voy a querer”.

 

Recuerdo la llamada de mis padres, recuerdo a mi padre con una voz preocupada diciéndome que tuviese cuidado, que me tranquilizase, que iba conduciendo y que a ver si no iba a ser peor. Cuando llegué, aparqué el coche donde siempre, a Cleo la había dejado en casa, no quería estar con nadie quería estar sola.

Los siguientes momentos en la tienda la verdad que fueron una vía de escape para mí. No había nadie en toda la galería. No pasaba ni un alma por delante de la tienda. Cosa que agradecí. Entré en internet, me metí en facebook y publiqué una foto mía montando a Quick, era una foto que nos hizo mi mejor amiga Lourdes una mañana que fuimos a montar cuando Quick estaba en Los Chopos, una foto de hace 3 años. 3 años y ahora mira cómo estamos, despidiéndonos… No fue sin otra intención que rendirle un pequeño homenaje a mi gran “Kuikito”. Las reacciones de todos los que lo conocían o nos conocían no se hicieron de esperar. Gente que habíamos conocido a lo largo de todos estos años juntos me mandaba ánimos, besos, abrazos, gestos tristes por lo que acababa de suceder. O al menos eso creía yo, que la última imagen que tengo de mi Quick fue de estar tumbado con la cabeza en el marco de la puerta de la cuadra, que yo había dejado abierta con la esperanza de que al volver me lo encontraría de pie, en el campo, en su campo y que todo esto sería sólo un susto. Mis sentimientos se agolpaban, por un lado tenía esperanza y por otro había dado por sentado de que Quick ya no estaba entre nosotros.

17.53, Whatsapp de Carmelo:

  • – El kuik sigue estable
  • (yo):Dios…Se está muriendo.
  • Pero no se puede levantar, que sea lo que Dios quiera
  • (yo) Tú qué harías. Llamo a la veterinaria y que lo pinche?
  • Tú tranquila que yo me encargaré de todo. Eso es cosa tuya.
  • (yo)Está sufriendo mucho.

17.55. Decidí armarme de valor y llamar a Arantza, su veterinaria de toda la vida. “¡María qué tal! ¡Qué me cuentas, que me has llamado antes y estaba (no recuerdo dónde me dijo porque no la escuchaba bien y ya empezaba a sollozar) y no tenía cobertura!……MAría…¿qué pasa?” Le conté llorando desconsolada lo que habia pasado esta mañana, le dije que por favor me ayudase, que necesitaba que hiciera que Quick dejase de sufrir. “BF… María cariño, no llores más, cálmate por favor..” le corté “quiero que lo hagas tú, quiero que mi caballo deje de sufrir porque me muero de verlo así”. “Yo no puedo ir, porque estoy en Huesca, pero te voy a mandar a una compañera de mi plena confianza” -“dale mi número, y que me llame porque yo estoy en la tienda, pero mi marido está en casa con Quick, peo Arantza por favor, por lo que más quieras , no quiero que mi caballo sufra. Que no sufra más”

18.06. Me llama Sara, la veterinaria que va a estar con Quick. “María, que tal soy Sara, a ver cuéntame qué ha pasado porque Arantza me ha contado algo pero no la escuchaba bien, estoy de camino a tu casa.” “Hola Sara, mira estoy en la tienda pero mi marido está en casa con Quick, te doy su numero para que te indique dónde es, vivimos enfrente de la hípica de Kike, pero mejor llámale para que te indique porque estamos antes de llegar”. Le expliqué lo que creía que había pasado (un cólico que le dio por la noche) y lo que había pasado por la mañana y me dijo que ella valoraría si había alguna opción.

19.12 Llamada de Sara: “María…ya está.” Rompí a llorar como si de dentro quisiera sacarme lo poco que me quedaba de querer vivir. “MAría, no ha sufrido, te lo juro. No ha sufrido.” “¿De verdad?” eso me calmó. “De verdad pero cólico no ha sido, cuando he llegado lo he visto y (tampoco recuerdo qué me dijo, tengo la conversación grabada pero no quiero escucharla) sé que me mencionó algo de la cabeza, que nosequé de que le había bajado a la vista y no veía bien, que no se qué historias tenía en el cuello que le impedía levantarse por mucho que quisiera y que no había otra solución. Recuerdo que le pregunté “Era lo mejor para él , ¿verdad?”. “Sí María, es lo mejor que podías hacer por él.”

 

 

Y ahora estoy aquí escribiendo cómo fue el dia de ayer, el peor día de mi vida. Ese que muchos de vosotros diréis que porqué quiero dejarlo escrito. Supongo que es porque tengo esa necesidad de dejar plasmado para siempre el último día de mi vida con Quick. Ese día en el que de mi caballo aprendí, que la fuerza se complementa con la nobleza y la lealtad. Que cuando realmente amas tanto a alguien, sea quien sea, tu abuela, tu madre, tu hermano, tu pareja, tu perro…debes dejarlo marchar, aunque eso te duela mil veces más a ti mismo.

Querida talla 36

Querida talla 36:

Hace muchos años que no te veo, muchos desde la última vez que te tuve y me han pasado muchas cosas.La última vez que recuerdo tenerte fue cuando era muy joven y creía ser la dueña de todo.  Era fuerte, joven, alegre y despreocupada. Sólo me importabas tú y mis amigas. Luego poco a poco fui interesándome por otras cosas aparte de que siempre estuvieras conmigo vistiendo en mis pantalones, vestidos y faldas. Empecé a sentir curiosidad por el deporte, la equitación, el disfrutar de las locas noches de verano comiendo todo aquello que siempre te prometí que nunca comería para no alejarte de mí. Empecé a conocer más gente, gente muy diversa que han aportado millones de experiencias a mi vida.  Querida talla 36, me acuerdo perfectamente del día que te perdí y conocí a tu hermana la 38. Te eché de menos, no lo voy a negar, pero ella me dio lo mejor de mi juventud, mi emancipación, una pareja (por fin)  estable, una casa y una vida la cual era sólo mía. Con ella aprendí a conseguir mis metas y logros y ella me enseñó a qué sabía el fracaso de mis errores. Querida talla 36 la última vez que apareciste en mi vida, casi te llevas lo mejor de mí. Volviste en mi peor momento y por eso olvidé lo feliz que fui sin tí. Pero crecí. Me convertí en cisne, en la mujer que soy ahora y por fin, puedo escribirte esta carta de despedida sin tener que sentirme mal por ello. Tengo que decirte que nunca fuiste mía, que si en su momento te apoderaste de mis prioridades, hoy ya nada de eso importa. Soy feliz. Soy capaz de todo, pero no de volver contigo. Esa no soy yo y me gusta.

Querida talla 36, he vivido cosas emocionantes todos estos años sin tí. Y voy a seguir viviéndolas aunque ello suponga que nunca vuelvas a mi armario. Te tendré guardada en una caja, junto con todos los recuerdos de mi pasado. Querida talla 36, estoy orgullosa de haberte conseguido vencer.

Se despide atentamente:

Una gran mujer.